“Nunca en la historia humana existió una máquina capaz de producir tanto lenguaje. Millones de textos, voces, imágenes y conversaciones aparecen cada día generadas por sistemas que no comprenden realmente aquello que dicen. Y sin embargo, convivimos con ellas como si estuvieran comenzando a pensar.”
En este mayo de 2026, el papa León XIV publicó la encíclica Magnifica Humanitas, un documento dedicado a uno de los grandes problemas filosóficos, políticos y culturales de nuestro tiempo: el avance de la inteligencia artificial y sus consecuencias sobre la vida humana. Pero sería un error leer esta encíclica simplemente como un texto “sobre tecnología”. En realidad, el documento intenta responder una pregunta mucho más profunda: qué significa seguir siendo humanos en una época en la que gran parte de nuestras capacidades simbólicas, cognitivas y comunicativas comienzan a ser imitadas, automatizadas y administradas por sistemas técnicos cada vez más complejos. Es tan relevante este tema que hasta dialoga con este mismo podcast, en el que uno escribe un artículo, sintetiza su voz y hace que una herramienta de inteligencia artificial lea el texto creado.
La encíclica aparece en un contexto histórico muy particular. Vivimos rodeados de algoritmos capaces de producir imágenes, voces, textos, diagnósticos, recomendaciones y simulaciones de conversación con una velocidad y una escala inéditas. La inteligencia artificial dejó de ser un tema exclusivo de laboratorios o empresas tecnológicas. Se ha convertido en una presencia cotidiana que interviene en la educación, el trabajo, la economía, la política, la cultura y hasta en la vida emocional de las personas. Frente a este escenario, Magnifica Humanitas no propone un rechazo absoluto de la tecnología, pero tampoco acepta la idea de que el progreso técnico sea automáticamente equivalente al progreso humano. La encíclica es muy clara y directa: “10: Evitemos, por tanto, el ‘síndrome de Babel’: la idolatría del lucro que sacrifica a los débiles, la uniformidad que aplana las diferencias, la pretensión de un lenguaje único —incluso digital— capaz de traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, en datos y rendimientos. Este es el riesgo de la deshumanización —construir el futuro excluyendo a Dios y reduciendo al otro a un medio—, una tentación antigua y siempre nueva, que hoy también toma un rostro técnico.”
Uno de los ejes centrales del documento es la crítica al llamado “paradigma tecnocrático”: la tendencia moderna a interpretar todos los aspectos de la realidad en términos de eficiencia, cálculo, optimización y control. Según la encíclica, el peligro no reside únicamente en las máquinas, sino en la posibilidad de que el propio ser humano termine reduciéndose a información procesable, comportamiento predecible o recurso administrable. Cuando eso ocurre, la persona deja de ser comprendida como un sujeto con dignidad propia y pasa a ser interpretada como un conjunto de datos.
Para desarrollar esta idea, León XIV utiliza una poderosa imagen bíblica: la Torre de Babel. Babel representa una civilización que busca la unificación absoluta a través de la técnica y el poder, eliminando diferencias, fragilidades y límites humanos. Frente a esa imagen, la encíclica contrapone la reconstrucción de Jerusalén narrada en el libro de Nehemías: una comunidad construida no desde la dominación tecnológica sino desde la cooperación, la responsabilidad compartida y el reconocimiento mutuo.
A lo largo del documento aparece una preocupación constante por la concentración del poder digital en grandes estructuras económicas y tecnológicas capaces de influir sobre el lenguaje, la memoria, la atención y las relaciones humanas. La encíclica advierte que ninguna tecnología es completamente neutral, porque toda herramienta refleja intereses, modelos de sociedad y formas de entender al ser humano.
Sin embargo, el texto no cae en un pesimismo absoluto. Su argumento principal es que el desarrollo tecnológico debe permanecer subordinado a principios éticos orientados por la dignidad humana, el bien común y la protección de los más vulnerables. En otras palabras, la pregunta fundamental no es solamente qué pueden hacer las máquinas, sino qué clase de humanidad queremos construir junto a ellas.
La referencia a Babel en Magnifica Humanitas resulta especialmente significativa porque conecta de manera muy directa con algunas de las grandes metáforas culturales que ya hemos discutido en este podcast. La Torre de Babel, en la tradición bíblica, no representa solamente una construcción física ni un castigo divino asociado a la diversidad de lenguas. Representa, sobre todo, el intento humano de alcanzar una unificación total a través del poder, la técnica y la eliminación de los límites. Babel es el sueño de una civilización capaz de organizar completamente el mundo mediante un único lenguaje y una única estructura de control.
Y en cierto sentido, esa imagen dialoga de manera sorprendente con otra gran metáfora moderna que ya hemos trabajado en este podcast: la Biblioteca de Babel imaginada por Jorge Luis Borges. Borges describía un universo compuesto por una biblioteca infinita que contenía todas las combinaciones posibles del lenguaje. En ella coexistían la verdad absoluta, los errores, las revelaciones, el sinsentido y las contradicciones, mezclados de manera indistinguible dentro de un océano interminable de información textual. Borges pareciera decirnos que la información total no garantiza conocimiento. Que el acceso absoluto al lenguaje puede terminar convirtiéndose en una forma de extravío.
Las inteligencias artificiales generativas parecen acercarnos, por primera vez en la historia, a una materialización parcial de esa intuición borgiana. Hoy convivimos con sistemas capaces de producir lenguaje prácticamente sin límite: artículos, conversaciones, poemas, ensayos filosóficos, opiniones, explicaciones y simulaciones emocionales generadas de manera continua. Pero la abundancia de lenguaje no garantiza comprensión. Quizás nunca lo hizo. Del mismo modo que la Biblioteca de Babel no garantizaba sabiduría.
Y aquí es donde la encíclica introduce un punto particularmente importante. El problema no es únicamente la existencia de enormes sistemas capaces de producir información. El problema es la posibilidad de confundir producción simbólica con verdad, acumulación de datos con conocimiento, o simulación lingüística con comprensión humana. Babel, en este contexto, deja de ser solamente una historia antigua y se convierte en una metáfora contemporánea sobre el riesgo de construir una civilización técnicamente unificada pero espiritualmente fragmentada.
La encíclica parece advertir precisamente contra esa ilusión: la idea de que una expansión ilimitada de capacidades técnicas pueda resolver automáticamente las preguntas fundamentales de la existencia humana. Porque una máquina puede multiplicar textos, imágenes o voces hasta el infinito, pero eso no implica necesariamente una expansión equivalente del sentido, de la conciencia o de la sabiduría.
En ese aspecto, Magnifica Humanitas se mueve en un terreno inesperadamente cercano a ciertas preocupaciones filosóficas y culturales contemporáneas: el exceso de información, la automatización del lenguaje, la pérdida de referencias comunes y la dificultad creciente para distinguir entre significado auténtico, ruido y simulación.
Tal vez Babel no era solamente una torre. Tal vez era el sueño de convertir toda experiencia humana en un único lenguaje perfectamente traducible. Y quizás por primera vez en la historia disponemos de máquinas capaces de acercarse peligrosamente a ese sueño. Pero también es posible que este desafío nos obligue a redefinir qué significa ser humanos en una era de inteligencias artificiales. Del mismo modo que la Revolución Industrial comenzó como una experiencia brutal para millones de trabajadores y terminó impulsando nuevas ideas de derechos, bienestar y dignidad social, quizás esta transformación tecnológica también nos empuje —en medio de sus riesgos y contradicciones— hacia nuevas formas de responsabilidad, conciencia y evolución colectiva.