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Castellano

Historia de fin de año

Estuve buscando esta historia y no he tenido la suerte de encontrarla. La escuche de un Sensei hace mucho tiempo y la quería compartir como anécdota de fin de año. Principalmente para los que somos educadores, y sabemos de las frustraciones de nuestras propias limitaciones. La historia la voy a modificar mínimamente para que tenga sentido en nuestro contexto occidental pero la idea es la misma y el mensaje en su mayoría y esencia no va a estar modificado. Perdón que estoy un poco cansado lo que hace que haya muchas torpezas pero la quiero compartir ahora, la revisaré un poco más mañana.

Cuenta la historia que en una clase de caligrafía, que en el contexto que me la contaron sería en algún lugar de Asia, el maestro en la primera de las clases escribió en el pizarrón un carácter que en ese caso era el más básico. Como si les pidiera a los estudiantes que escriban la letra A. Todos los estudiantes reprodujeron el mismo carácter en el primer renglón de su cuaderno muy prolijamente. El maestro en silencio pasó a ver los caracteres de cada uno de los estudiantes aprobando o dando sugerencias según sea el caso. Luego de pasar revisión de cada uno de los estudiantes les pidió que completaran el primer renglón del cuaderno con el mismo carácter. Y así Continuó el día de clase, los estudiantes escribiendo el mismo carácter en todos los renglones de la primera página con el maestro caminando entre los estudiantes dando sugerencias o admirando los trabajos según sea el caso.
Al próximo día todos los estudiantes sentados en los mismos pupitres vieron como el maestro volvía al mismo ritual de escribir un carácter, en este caso diferente y un poco más avanzado, y volvía a pedirles que llenaran la segunda página. Como si en el segundo día les pidiera que escribieran la letra B. La clase como en el primer día tenía a todos los estudiantes trabajando en silencio y el maestro, en profunda paz y armonía, pasaba pupitre por pupitre viendo como los estudiantes escribían el segundo carácter. Mientras caminaba entre los estudiantes el maestro notó que una de las estudiantes, la más joven y chiquita, en lugar de estar escribiendo el segundo carácter continuaba escribiendo el primer carácter del día anterior en la segunda página del cuaderno. Con mucha tranquilidad y posando su mano sobre la cabecita de la nena le preguntó por qué aún continuaba escribiendo el primer carácter y no el segundo. La niña con mucha timidez le respondió que creía que aún no había aprendido suficientemente bien como escribir el primer carácter y prefería continuar practicando ese primer ejercicio. El maestro con una sonrisa muy sensible le respondió que admiraba su perfeccionismo y que si quería seguir practicando el primer carácter podía hacerlo.
Al tercer día el rito fue el mismo. El maestro mostro el tercer carácter dibujándolo en la pizarra, y los estudiantes en este caso ya sin necesidad de recibir direcciones comenzaron a llenar la tercera hoja con el carácter ejemplificado en el pizarrón. Cuando pasaba caminando como lo hacía todos los días entre los estudiantes, que en silencio trabajaban en sus cuadernos, el maestro vio asombrado como la niña chiquita continuaba completando la página de su cuaderno con el mismo primer carácter. No solo eso, notó que varias de las páginas ya habían sido completadas en su casa con el mismo ejercicio. El maestro preocupado le preguntó por qué continuaba insistiendo con el primer carácter si en su opinión era ya de muy alta calidad. La nena con más acentuada timidez le pidió perdón al maestro por no seguir sus instrucciones, pero consideraba que aún su primer carácter no había llegado a su mayor potencial. El maestro consternado y hasta un poco frustrado le permitió a la nena seguir practicando el primer carácter pero le recomendó no continuar haciendo lo mismo todo los días sino practicar nuevos caracteres.
Los días fueron pasando y el maestro día tras día continuaba con su ritual de poner un nuevo carácter a la espera que sus estudiantes practicaran este nuevo ejemplo. Todos los estudiantes siguieron al pie de la letra el ritual excepto la nenita que continuaba incesantemente practicando el primer carácter. El maestro decidió ya no reprocharle la insistencia a la nena y trató de proponerse múltiples explicaciones del porqué de la actitud de su estudiante. Pensó que sería un problema de aprendizaje, un caso de perfeccionismo patológico, algún tipo de deficiencia. Pero con profunda pena y desentendimiento se resignaba a ver a su estudiante repetir y repetir el primer carácter. Se dio de alguna forma por vencido y decidió ignorar a la nena desde aquel día.
Al final de ese período escolar, el último día de clase, el maestro llegó muy orgulloso de sus estudiantes y de todo lo que ellos habían aprendido. Les dio una pequeña charla de la importancia de los caracteres en su cultura y de lo feliz que estaba por lo respetuosos y esmerados que fueron durante el año. Para terminar esa etapa y para que puedan demostrar a sus compañeros todo lo que habían aprendido, les pidió que pasaran al pizarrón algunos voluntarios y que compartieran con sus compañeros un carácter, solamente uno, de todos los que habían practicado. El que quisieran, sin importar lo fácil o difícil de éste, pero del que ellos se sintieran orgullosos de dominar. Algunos pasaron y escribieron caracteres muy difíciles, otros no tanto pero con un arte muy refinado que generó el aplauso de sus compañeros. Luego de que el grupo de los estudiantes más extrovertidos diera su demostración, el maestro pidió que no tuvieran vergüenza los más tímidos y que todos tenían que sentirse orgullosos y orgullosas de lo que habían aprendido. Fue entonces que la niñita más chiquita levantó su mano y pidió pasar a dibujar el primer carácter. El maestro con mucha compasión y hasta con un poco de pena agradeció a la nenita su pedido y la invitó a pasar a dibujar su carácter. Ella con mucha timidez fue hasta el pizarrón y con calma comenzó a trazarlo. Y cuando terminó de dar la última línea, el pizarrón se partió en dos.

Tulio Halperín Donghi

Yo lo conocí a Tulio Halperín Donghi en el año 96 cuando llegué a estudiar a Berkeley. Todo el mundo me hablaba del gran historiador y voy a tener que ser honesto al decir que de él yo sabía muy poco o casi nada. No pasó demasiado tiempo hasta que noté su presencia. Era una persona muy querida y respetada en Berkeley y nosotros que estábamos en el Departamento de Español y Portugués  teníamos la enorme suerte de estar prácticamente contiguos a su oficina en el Departamento de Historia, simplemente separados por unos pisos. Ellos estaban y están en el tercer piso de Dwinelle Hall, nosotros en el quinto. Por su generosidad, profesionalismo y erudición era prácticamente alabado por todo mi departamento. Era una persona muy activa no solamente en el campo académico sino en la vida de la comunidad de UC Berkeley.  Era común escaparse a la hora del almuerzo a escucharlo en charlas o pasar a visitarlo por sus horas de oficina que estaban siempre saturadas de estudiantes. Se tomaba el tiempo de venir a escuchar ponencias e interactuar con la vida activa de la universidad. La lista de estudiantes que le pedían ser lector de tesis doctorales era enorme y él aceptaba en igual medida.

Recuerdo tomar uno de sus seminarios sobre historia latinoamericana y que fue quizás uno de los últimos que dio. Nos reuníamos por la tarde a charlas semanales que duraban 3 horas con un efímero descanso de no más de 15 minutos. Don Tulio hablaba por tres horas sin parar y uno tenía la impresión de no haber estado más de media hora con él. No paraba de hablar ni en el descanso que teníamos y en el que solíamos caminar hasta el Free Speech Movement Café, a no más de 50 metros del edificio donde daba el seminario. Tulio te contaba la historia como un cronista, con una profundidad y una claridad que daba la impresión de que él había estado en el suceso. Hablaba con una firmeza que carecía de compromiso ideológico y que imponía humildad. No decía lo que uno querías escuchar, sino que mostraba, y quizás con una inofensiva cizaña, el lado desmitificador de los hechos para de ahí construir una perspectiva que planteaba una realidad inesperada y hasta liberadora. Los que lo conocen saben que de quererlo escuchar afilado al máximo había que traer el tema del peronismo. Y parecía no molestarle que alguno de los presentes teníamos evidente simpatía por este movimiento. Nombrar a Sarmiento era poner el siglo XIX de cabeza y no había padre de la patria que quedara en pie a la hora de sus charlas panorámicas. Combinaba anécdotas del exilio con el siglo XIX como si fueran parte de un mismo barrio y tiempo. Y siempre las mejores interacciones con él eran en grupos pequeños. Los interlocutores se limitaban prácticamente a producir preguntas, no importaba el nivel académico. Tulio podía hablar de cualquier cosa y con una precisión envidiable, por el tiempo que sea y esté con quien esté. Charlas interminables y valiosísimas que podían ocurrir en lugares inesperados como una ponencia, en su oficina, en un café o en largas caminatas al o desde el YMCA, lugar donde solía encontrarlo nadando.

Tenía una forma de mostrar Latinoamérica que impedía el nacionalismo. Recuerdo una charla en la que hablaba de los orígenes de Santiago, la capital de Chile, y la describía en términos de un enclave indirectamente al servicio de familias terratenientes mendocinas que necesitaban una universidad para sus hijos. Interesantemente él no hablaba de Argentina porque no la consideraba ni siquiera parte de su análisis. Entendía el fenómeno histórico y de alguna forma él y su lógica se volvían parte de esa narración. Y explicaba todo con una naturalidad que parecía carente de esfuerzo. Esto se puede ver en sus libros, muy leíbles, simples pero de una profundidad enorme. Era admirable. Escribía cosas como “Manuel emitía sus opiniones con el aplomo de quien sabe que tiene autoridad para ello” hablando de Belgrano. No dejaba espacio para la duda y hablaba de historia con aire de juerga. Entre estos comentarios, luego, uno llegaba a entender ideas que él había planteado pero que en su momento habían pasado desapercibidas. No se limitaba a temas históricos ya que le interesaba desde la realidad de la universidad hasta en los últimos años temas como la tecnología de la educación; tema que me interesa particularmente. Recuerdo su queja a las nuevas generaciones de académicos que podían llegar a ver como un fracaso terminal el no conseguir una posición permanente de “tenure” en una universidad de investigación y proponía que muchos de los grandes historiadores de su época enseñaban en secundarios. En las charlas Tulio era todoterreno. En una ocasión, luego de una presentación, alguien menciono una idea basada en la construcción de la nación desde la visualización de las burguesías locales. Luego de la charla recuerdo un comentario que me hizo argumentando que no había burguesías en la región de la que esta persona había hecho un comentario, sino un grupo de colonos engreídos que intentaban reproducir modales de una clase social europea a la que ellos no pertenecían.

La última vez que lo vi fue en su casa unos días antes de su último cumpleaños para arreglarle su computadora. Le terminamos comprando una nueva con su esposa Dora porque la computadora era muy vieja. Tenía ahí sus documentos de sus últimos escritos en esa máquina vieja con una precariedad que aterraba. Estaba cansado pero lucido, impecable y formal como siempre con su saquito como cuando iba caminando por el campus con su portafolio de chico de colegio. Se distraía de vez en cuando pero quería hablar de la política y de las universidades argentinas. La computadora le llegó el 17 de octubre y le dio (y nos dio a todos) gracia la coincidencia. Creo nunca llegó a usarla. Me regaló su libro de Belgrano y se olvidó de firmarlo; ni le pedí el autógrafo. Muy generoso hasta en sus últimos momentos. Se lo va a extrañar ya que se nos fue un indispensable.

 

 

Tecnología, neoliberalización de la educación y el software de código abierto.

Hoy en día, la encrucijada de cómo enfrentar el desafío de nuevos paradigmas tecnológicos en muchos casos más tiene que ver con lo ideológico que con el tema de la infraestructura y recursos. Pensemos en los campos del software, la tecnología de la educación, las plataformas en el área del aprendizaje. Hay alternativas a cualquier necesidad en el campo corporativo y en el campo de código abierto. La pregunta es si hemos trascendido esa ilusión neoliberal y mediática que nos permita enfrentar esta encrucijada desde una visión objetiva y sin perjuicios. El software libre plantea un horizonte de enormes posibilidades que afortunadamente se está afianzando en el Cono Sur y que nos pide más apoyo, investigación y análisis. La idea de que el mercado, desde sus fórmulas basadas en la oferta y la demanda, es la única alternativa, está siendo sólidamente cuestionada desde la opción que aquí en el norte planteamos desde el paradigma de lo open, lo abierto. Lo abierto no solamente en el espacio del software libre, sino como una propuesta ideológica que trasciende su espacio originario. Es decir, lo abierto como una propuesta filosófica que trasciende la aplicación y que se plantea en lo social en campos como la educación, la investigación, la democratización del proyecto social, etc. Este mecanismo me atrevería a decir, es el más sólido artefacto alternativo al proyecto neoliberal que hemos visto en los últimos años.

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Juan Gelman

LJuan_Gelman_-presidenciagovar-_31JUL07 (1)o conocí a Gelman en 1997 en Berkeley para la presentación de la traducción al inglés de sus poemas, en el libro Unthinkable Tenderness que Joan Lindgren tradujo de una forma heroica. De forma tan exacta que no tradujo la palabra “compañeros” sino que la incrusto en el  inglés desde ese libro. Porque era traducir lo intraducible. La primera vez, de las veces que hablé con él, me pasó como a los perritos y tuve que ir a orinar. Para nosotros que rondábamos los 30’s en aquellos tiempos, ver a Gelman era ver a un padre. Gelman trascendía la poesía y al poeta, era una brújula en esa búsqueda inevitable de sus pedacitos de los 70s. Le mandábamos cartas a México que nunca respondía, le mandaba cintas de las grabaciones de sus lecturas, libros de poemas. Lo admirábamos incondicionalmente. Francine Masiello, mi maestra y amiga de toda la vida, tuvo la osadía de mostrarle un poema mío, muy mal escrito, en la que escribo sobre la pérdida de un hijo, el de él, y de lo inevitable de la muerte. Me dio las gracias, yo creo, como se le da a un chico que quiere compartirte el caramelo que tiene en la boca. Gelman parecía ser así, de una humildad profunda y un silencio abismal. Luego le dije en una conversación que él había perdido a su hijo, pero nos tenía a todo nosotros como adoptivos (me quebré al decirlo). Me sentía un boludo al decirlo pero ahora me alegro de haberlo hecho. Para nosotros que lo leíamos tanto, verlo a él, nos ponía en carne viva.

Sé que esto tendría que ser más sobre él, pero en realidad, es un intento catártico de hacer saber cómo era estar al lado de semejante hombre. Parecía que acarreaba en silencio esa lucha contra la inevitabilidad de la derrota y de la muerte. Nos hablaba de una historia que nosotros habíamos perdido, pero lo hacía desde la poesía. Era mucho. Ver a Gelman al lado y hablarle era igualito que lo que se siente al leerlo. Era él una continuidad de esa poesía conversacional. Perecía que la muerte y Buenos Aires venían de alguna forma con él y uno se sentía más vivo que nunca. Las otras veces que lo vi entre cafés y otras charlas, era para tratar de estar callado y esperar que diga algo. Recuerdo que fuimos en grupo a tomar café con él y dos profesores lo invitaron, entre el ruido de las múltiples charlas, a que venga a Berkeley a dar clase por un semestre. Yo los tenía a los 3 al lado. Respondió humildemente que él no estaba para dar clases en la universidad. Luego vino a leer sus poemas que organizamos con los estudiantes del club de argentinos en Berkeley en La Peña, que es un centro latino fundado por hermanos chilenos que habían escapado a la dictadura. No podía dar una lectura en otra parte que no sea en la Peña. El salón enorme repleto y Gelman no aparecía por ninguna parte. Estaba en el bar de la esquina tomándose unos vinos con amigos. Lo fuimos a buscar ahí por intuición con los compañeros y vino, así como el que sale a la calle a ayudar a alguien a cambiar un neumático, y se leyó una pila de poemas sin respirar a contrapunto de la traductora. No se escuchaba ni el sonido de la respiración en la sala. Estaba leyendo un poema y se le cayó el libro, y quedó mejor que si no se le hubiera caído “/porque Dios es así/”. Dio unos días antes una similar lectura en la Doe Library, donde leen los grandes poetas en Berkeley. Leyó a salón colmado y nos daba la impresión de que se sentía incómodo. Recuerdo que a la hora de las preguntas levanté la mano y le pregunté cómo le había influenciado la poesía de vanguardia; una pregunta salame, de chico. Es que en realidad yo no le quería preguntar nada, quería decirle algo porque lo admiraba tanto. Si tuviera la oportunidad de preguntarle algo de nuevo no le preguntaría nada, me quedaría ahí al lado de él en silencio.

Decían siempre que tenía los ojos tristes, es que se había agarrado con la muerte en forma de recuerdos. Y en ese agarre le salían pajaritos piando como en sus poemas. Seguía como los otros “trepado al palo mayor” de la poesía y de su alma, que parecía ser lo mismo. Entrelazado iba en esa encrucijada de la derrota; la amasaba y le daba vida. Nos mostraba el camino. Y quizás por eso al final la derrotó, porque está acá entre todos nosotros. El mejor poeta de toda mi generación se terminó haciendo poesía, marcó toda una época. Venía con todo eso cargado que ahora se lo llevó. La única persona que conocí y sentí miedo y admiración al verlo. Está ahora “En el gran cielo de la poesía, / mejor dicho / en la tierra o mundo de la poesía” con Roque, Vallejo y Francisco de Quevedo y Villegas. Los “pedacitos” lo vinieron a buscar y se hizo la Patria.

Crónicas para entender nuestra historia heredada

Mi artículo en la revista Ñ sobre el libro La Tablada: A vencer o morir. La última batalla de la guerrilla argentina. Muy recomendable el libro de Felipe Celesia y Pablo Waisberg 

Cuando uno entra en el espacio de la crónica, hay un tema que siempre surge latente de una forma implícita pero no obvia, que es el de la ausencia. Ausencia que quizás es más precisamente una pérdida. Esta ausencia sería un espacio que reclama a un ocupante perdido que intuimos y nos llama a reencontrar. Este ocupante pertinente, que pueden ser una persona, un conocimiento histórico, una realidad olvidada, en charla de amigos, lo/la llamamos Abisinia. Abisinia por Rimbaud, que Jorge Monteleone ya ha trabajado en su momento. Rimbaud, como el poeta en angustia que sale a buscar ese lugar primario, ese espacio o territorio perdido y se avienta en su búsqueda imaginaria a encontrar un Imperio etíope que ya no existe. El tema es que en estos emprendimientos, nunca se llega a destino. El tema tiene más que ver con el proceso de reparar esa ausencia que con el destino.
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Yo no sé qué hago en Twitter

Yo no sé qué hago en Twitter, la mayoría de mis amigos están en otras partes y la superficialidad de esa plataforma en algunos casos exaspera. Es como querer comer en público en el medio de la calle para que los que pasan vean cómo te morfas la pizza con el moscato y la faina. Yo sé, soy un cuadrado, no entiendo estas poses. Pero para ser práctico, no creo que a mí Twitter y todos estos hypes me termine de funcionar. Para colmo, pasó algo hoy que me hizo pensar y que lo comparto con intención catártica aquí, porque estoy buscando la forma de liberarlo. Hace algún tiempo se está experimentando con MOOCs y la mayoría de las principales figuras de este mundo están en Twitter. La idea de apertura de la educación es muy buena, pero hay gente que está en este campo por la fama o el dinero. No todos, pero hay “algunos cuentos”. También hay gente buena. De ahí que me sumé a esa tribu para poder conectarme ya que Twitter parece ser la plataforma elegida. Lamentablemente, el tema no terminó siendo tan fácil. Hay que esperar mucho a ver si te responden o ver si alguno te sigue, o te conversa o te da bola o lo que sea. Muchos están ahí como perritos falderos viendo como un grupo crema se come la pizza. Hasta tal punto llega esto que muchos imitan el acto de comer pizza para ver si se les permite sentarse a la mesa de los dignos. No es exclusivo esto con las tribus de coordinadores de MOOCs, es una pose de la tribu twitera, muy Silicon Valley y que tiene tanto que ver con la generación de la “postura”, la pose, mira mi nuevo Android, y el late twitteando, etc. Neo modernismo, posmodernismo, neoliberalismo, lo que sea. Se lo dejo esto a Jameson o García Canclini para que lo expliquen.

Yo no sirvo para esto. Yo no estoy dispuesto a lidiar con esas fuerzas o intenciones de glorias típicas de estas latitudes nórdicas. El ir a conferencias carísimas a ver si alguno te habla, o alguno se digna a compartirte algo. Hay excepciones a esta postura, por ejemplo Moodle. Moodle te da algo gratis y libremente de enorme potencialidad y recursos. Que hagan todas las poses que quieran. Admiro mucho a Martin Dougiamas; una persona de una dignidad y generosidad enorme. Pero si te piden cualquier otro $500 para una conferencia yo no voy a hacer que el dinero de una universidad pública de la clase trabajadora pague por eso. Yo trabajo en la preparación de muchas conferencias y hacer pagar $500 es como decir: “solamente aceptamos profesores con cargo o gente de la clase media”. Ni que pensar de la gente que viene de latitudes donde ese dinero es inaccesible.  No es exclusivo esto de esta tribu local ya que en la academia se ve cotidianamente en otras áreas. Para colmo, en estos círculos se juega con dineros de espacios muy poderosos, que invierten con sus grants en gente que coma la pizza como ellos quieren. Siempre me preocupó, para ejemplificar, que en estas conferencias la gran mayoría de integrantes sean hombres blancos en su mayoría anglosajones y clase media alta. No es un problema ser anglosajón o ser hombre, para nada. Pero cuando las decisiones se generan de un grupo específico, uno termina imaginando el mundo y sus necesidades desde una perspectiva exclusiva que no beneficia a la mayoría. Estoy explicando algo resabido. Pero bueno.  Si yo voy a una conferencia y la gran mayoría son hombres como yo y de mi cultura, me tengo que preocupar. Tengo que decir que no.

Para colmo, los que no son parte de esta tribu, terminan imitando estas poses que refuerzan esa idea de subpertencia que los latinoamericanos conocemos muy bien. Yo decidí decirles que no. Cuando se presentó la posibilidad de trabajar con algunas fundaciones derivadas de espacios hegemónicos, yo y otros en mi grupo decidimos decirle no a las pretensiones de que hagamos las cosas de una forma que nosotros pensábamos no beneficiaba a los estudiantes de colegios populares y que no eran parte de las élites hyper-tecnológicas. Lo aprendí de Miguel Altieri. Les dijimos que no y terminamos afuera; como muchas veces Miguel terminó afuera y para mí es glorioso pertenecer a un grupo que dice no como él. Y cuando se presentó la invitación a hacer investigación en circunstancias similares también le dijimos no a la oportunidad. Quizás mi hija no va a ser rica cuando sea grande pero sería peor tener un padre que diga que sí a estas fuerzas. Yo soy pibe de barrio y no me como estas poses del imperio. Aprendí del maestro Gelman a decirles “no” como en “Ruiseñores de nuevo”.  Y cuando dije que “no” el otro día en una serie de tweets a ellos no les gustó. Pero ¿qué le vamos a hacer? Para colmo, cuando uno enfrenta estas fuerzas tiene que saber que lo hace solo. La tropa del sur no sale a hacerte el aguante. Quizás, ésta sea una batalla que yo tengo conmigo mismo. Y nunca estoy seguro cuando comienza el estrago social y cuando el estrago personal. Pero a veces hay que decir que no, especialmente en el mundo de la academia.

Dentro de poco, el súper histerismo por los MOOCs va a pasar

I will write this in my own language, think about #postcolonialism

Ya dentro de poco, el súper histerismo por los MOOCs va a pasar y podremos nuevamente comenzar una discusión productiva en el campo de los OERs viendo las posibilidades de las clases abiertas, masivas y virtuales. Los MOOCs, si quieren ser verdaderamente abiertos, tienen que estar en control de los participantes, dejar de lado la plataforma centralizada y de una y por todas dejar de llamarlos cursos. El otro rizoma que habría que controlar es el de los súper-expertos o como llamamos en el círculo de amigos, “primadonnas”. Rara vez encontré a un grande abriendo una conferencia. El micrófono es para el circo, el anonimato de la biblioteca y el laboratorio para los académicos.

En este marco veo alentador que líderes como George Siemens propongan en su blog que es hora de repensar los roles, enfatizando en esa frase que marca un parámetro y que todos compartimos: “I’ve always been uncomfortable with the view that the answer can be brought to us by someone outside of our system.” George habla en primera persona pero más de uno podría imitarlo. Refrescante y alentador ese ejemplo. Porque más de uno tendría que seguir esa postura si es que se espera respeto desde los laburante de la academia. Por ahí pasa la madre de todas las batallas. Porque si los líderes de estas ideas, ya sea por su coronación popular, merito o lo que sea, no pueden visualizar un movimiento que haga eco de aquellos grandes cambios (proyectos como UNIX, Moodle, Open Office, Open Education) vamos a navegar con ideas y proyectos que están destinados al fracaso. Los grandes proyectos de apertura siempre rechazaron el corte corporativo y de centralización del control. Modelos sobran de liderazgos como estos; me llega siempre el ejemplo de Martin Dougiamas. Respeto eterno a los grandes.

a los argentinos nos aqueja el clasismo

Es ya bien trabajado y entendido el drama de que a los argentinos nos aqueja el clasismo. Es evidente, agobiante y uno a veces se pregunta si nos llega de Europa o de la Colonia. Pero más allá de sus orígenes, entendamos que está omnipresente y reclama reclamo a su censura implícita. El peronismo no tiene la culpa de gritar y acusarlo, el clasismo es bastante inaguantable. Es decir, al Peronismo no lo creó la masa trabajadora, lo creó la oligarquía con sus desdenes y egoísmos.  De todas formas, el clasismo argentino, más allá de su inaguantablés está hoy en día vivito y coleando.

Mi pasaje por la Argentina porteña, que no es tan frecuente como uno quisiera, me lo recuerda con un ímpetu digno de clarinete patriótico. Es decir, sí, me refiero a ese clarinete que uno no trae bajo el brazo cuando llega con las futuras o una caja de pizza en la mano. Es que (porque me gusta comenzar las oraciones con “es”) uno no se acostumbra a eso de pedir que le traigan al paquetito o la caja de pizza. Me da pena hacer pedalear al pibe del local que con el frio recorre el solemne luto de la Recoleta. Para colmo no vive de la propina como en USA. “y bueno ésta es una tierra así” diría Cesar Fernández Moreno “y bueno soy argentino” lo que genera el horror de la pobre vieja en tapado de piel ajeado, creyendo que su teñido, simulacro de origen nórdico, oculta su descendencia calabresa reciente. Y bueno, es la Recoleta, yo tendría que entender… we are not in Berkeley anymore, Toto. No se preocupe señora, que me estoy quedando con mi familia temporariamente en el 2A. Yo sé que no entiende que somos todos posmodernos y leemos a Jamson, vamos en zapatillas y hoodies… comment pourrais-je te l’expliquer? Yo quería alquilar un apartamento en Caballito para estar más cerca de la casa de mi vieja, y del gordo que se borró, pero la señora de la agencia me confió indirectamente que no había, y que hay que estar acá en Libertad esquina Santa Fe. ¿Por qué me va a prohibir salir a buscar la pizza? Es decir, ¿cuántas veces uno tiene al lado de la casa pizzerías como El Cuartito? Entiéndame, el Golden Gate Bridge está lindo pero después de un rato termina perdiendo sus encantos. Y América no tiene nada que ver con esto que usted me propone acá. Para colmo cuando yo me fui de la Argentina por eso del amor y una mujer, como diría el poeta, no había supermercados chinos. Y como que la diversidad de ver a mi país con otros rostros, como que me hace bien (porque también me gusta comenzar frases con “Y” y usar la palabra “como”). ¿Probó alguna vez una medialuna o un cortado? ¿Pero de verdad la probó? Ni en la Rue Saint-Jacques son así. Quizás es mi nostalgia, pero no me va a negar que el clasismo es bastante inaguantable.

#MOOcs sin limitaciones ni fronteras ¿por qué detenernos en el campo de la organización?

No creo que los MOOcs sean artefactos que merezcan crítica alguna si los vemos desde el punto de vista de la apertura y entrega libre de material educativo. Es más, este principio de apertura de las clases no es nada nuevo. La idea de analizar clases que sean completamente abiertas tiene que permitirnos ver este fenómeno fundamentado en principios muy anteriores a los MOOcs. Hay que remontarse a movimiento de OER y Open Education, en proyectos como la oferta de clases enteras en universidades como MIT o Berkeley: http://webcast.berkeley.edu/

Si estamos dispuestos a pensar este fenómeno completamente abierto, sin limitaciones ni fronteras ideológicas como los SLOs ¿por qué detenernos en el campo de la organización? ¿Por qué no dejar que los MOOcs se organicen por si mismos ofreciendo el material para ser manipulado en plataformas abiertas o cerradas? ¿Por qué esa intención de adueñarnos del fenómeno ya sea desde el punto de vista ideológico, de prestigio o económico? El gran problema que se está presentando en este campo es que fuerzas de claro origen económico están intentando entrar en el millonario campo de la educación ofreciendo cursos masivos que teóricamente podrían remplazar el aparato académico ya presente en las escuelas de altos estudios. Por otro lado, los líderes del movimiento MOOc no cuentan con la apertura y visión que tuvo, por ejemplo, el movimiento Open Source. Lamentablemente, estos sudo-cursos están siendo sustentados por estas fuerzas de neto toque comercial y por otro lado por una minúscula población que bajo el lema de acceso a una educación más abierta, busca proyectos educativos diluidos que funciona más acorde a su escasa preparación y visión educativa que a una democratización de la educación.

Este fenómeno de los MOOc nada tiene que ver con los ya sólidos estudios en instructional technology y online education. Lamentablemente, por el escaso éxito de estos MOOcs en proyectos formales recientes, todo este problema está afectando a todo un proyecto de educación online abierta, como los OERs, a modo de contagio.

Videla, papas y huevos fritos.

Yo cursaba el cuarto grado en la escuela Manuel Belgrano de Tapiales, en el partido de La Matanza. La rabiosa zona oeste de Buenos Aires, bastión incuestionable de la clase trabajadora y peronista.  En plena clase, recuerdo a mi padre aparecer parado en la puerta del aula, con su mameluco de carpintero marrón, imponente con su bigote moderadamente escandaloso. Parado estaba mi padre en esa puerta pidiendo desde el silencio a la maestra que me dejara ir con él. Mi padre ahí, imponiendo como un tótem / qué carajo hace ahí parado/ hasta que la maestra interrumpe el monologo mudo con un “Banga, junte sus cosas que lo vienen a buscar.” Jamás mi padre venía a buscarme, y menos en bicicleta en el medio del día. Una cosa ridícula. Nosotros ni teníamos una bicicleta y la verdad que me sorprendió que supiera donde quedaba mi escuela. Ése era el trabajo de mi madre. Recuerdo volver por la calle, sentado en el asiento de atrás de la bicicleta, escuchando a mi viejo decir mientras pedaleaba que era inminente la caída del gobierno de Isabelita y que por precaución tenía que volver a casa; como si para mis 9 años tal enunciado significara algo. Videla apreció al otro día en las pantallas de aquella tele valvular, para mostrarme que ese era el tal por el cual gozaba de esa ausencia temporal, a la escuela que tantos olvidos hoy me pide. Esa precaución de mi padre fue una de las primeras de tantas precauciones subsiguientes, que nos fueron haciendo así, menos libres, con miedos, pero más duros. La militancia peronista en la casa de mis padres no paró nunca. Pasábamos mucho tiempo en la casa de una tía abuela, por miedo a que vengan a buscar a mis viejos y por esa mala suerte nos encontraran a mí y a mi hermana. Yo la verdad que miedo no tenía porque pensaba que cómo podía tenerle miedo a ese flaco bigotudo y arrugado, teniendo de mi lado a guerreros como mis padres. Fue toda esa una época en estado catártico, comiendo papas y huevos fritos hasta el hartazgo. Porque mis padres perdieron el trabajo que mi madre tenía en la municipalidad. La echaron por peronista. Es decir, vinieron las penurias y la militancia clandestina. El escuchar por la noche Radio Colonia, el no decir “la concha de tu madre” a algún amiguito con padres secuestrados, las paradas de colectivos en puentes, el salir con el documento, córtate el pelo nene que te van a parar, milico garca cabeza de poronga, miedo, miedo eterno que te negué pero nunca te fuistes.

Por otro lado, para mí Videla es solamente eso, un flaco bigotudo al cual opté negarle la posibilidad del miedo y reprocharle mi empacho a las papas y huevos fritos.