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Artículos

El Conurbano

El problema de definir el Conurbano, algo que se está haciendo fervientemente desde hace un tiempo y quizás el motor de este proceso lúdico sea la fascinación por el otro, implica un problema. Un problema que se sitúa en el ámbito de la otredad y del control, del describir y proyectar al otro para definirlo. Pero en realidad lo que se está haciendo no es definir al otro sino asegurar los límites de quien intenta hacer esto. Pareciera ser que lo que se intenta hacer es posicionar y construir en realidad a los creadores de esta definición, instaurar un territorio claramente delimitado (el centro de la ciudad) por medio de una repetición compulsiva que fortifique los limites. Es decir, un discurso que lo que constituye es al centro de la ciudad en clara diferenciación con la periferia. Nuevamente de lo que estamos hablando es de un tema de bordes. Existen también espacios de comodidad y fascinación por la periferia. Esta erotización de la periferia y luego un juego de performance para poder de alguna forma gozar esta periferia desde un espacio controlado, se puede ver tanto en espacios mediáticos, como así también en las áreas de estudio del conurbano. Si bien en el primer caso el resultado es más evidente, (una variación de las visitas guiadas a las favelas con turistas primermundistas), en el segundo caso lo que vemos es una subjetivación mucho más sutil producto de la distancia que hay entre estos intelectuales y la región que están trabajando.

No es un tema nuevo éste y ya se ha trabajado en varias publicaciones como por ejemplo en el prólogo a Historia de la Provincia de Buenos Aires, el tomo 6 de Gabriel Kessler en el que el enfoque es el Conurbano. En el primer Alto Guiso también mencionamos esto. Franz Fanon lo vio en la construcción de la identidad hace décadas y Judith Butler habla de este tema en relación a la construcción de la identidad. Es evidente que estas ideas nos son útiles a nosotros en el análisis del fenómeno de los posesos externos al Conurbano que intentan construirlo o limitarlo. Este proceso se ve claramente en muchas producciones televisivas, documentales, programas de cuasi investigación o algunos otros más formales como la serie de Canal Encuentro en el que se aborda el tema de las letras en la periferia de Buenos Aires. En su gran mayoría, esos trabajos proyectan al conurbano a un espacio distante, a una identidad construida desde una función. Es interesante las similitudes que estos procesos tienen con los procesos de identidad de género (Judith Butler “Imitation and gender insubordination“, 1990) En este caso, la dinámica si bien no es de género, se proyecta con similares características sobre el territorio. No solamente se ve esto desde los procesos compulsivos, en dinámicas de repetición que trascienden los artefactos creados, sino que cumplen funciones similares a la construcción del género.  Así como en el sistema patriarcal moderno se propone a la identidad heterosexual como ideal, es decir desde su estrecha conexión con la dialéctica y la producción de un modelo de “perfección” creado por el discurso, vemos como al Conurbano se lo construye desde estereotipos que en muchos casos no son tan exactos.

Lo interesante de este proceso, y es aquí cuando las teorías de Butler y Fanon nos son de vital importancia, es ver que en este proceso de identidad en realidad no se está construyendo al Conurbano sino a la Capital. Este proceso de intensa y “compulsiva” (Butler) repetición buscan en realidad proteger, delimitar y preservar la identidad del origen de donde se genera este proceso compulsivo. Tal es el grado de vaciamiento de contenido de este discurso que la gran mayoría de los agentes de este proceso se posicionan en el mismo Conurbano. Es decir que la misma población del Conurbano acepta este discurso por más que esta población del Conurbano Bonaerense sea de 3-1 en relación con la Capital Federal. ¿Por qué se acepta un programa de televisión en donde el conductor degrada sutilmente a un poblador del Conurbano? ¿Por qué se consume imágenes que amplifican factores negativos de un territorio al que uno pertenece? Quizás porque asumimos que no pertenecemos al territorio que ocupamos.

Esto lo vio ya Fanon en el imaginario del subalterno. James Baldwin ya marcaba tan lucidamente que el “problema” del afroamericano en realidad es un problema del blanco, no del negro. Quizás no estamos entendiendo este fenómeno compulsivo y de significativo interés por definir el Conurbano. Porque este interese poco tiene que ver en realidad con la misma “periferia”, si es que tal definición o espacio existe.

El programa aprender es copia de una idea que ya fracasó en otras partes del mundo.

800px-cito_eindtoets_basisonderwijsLos exámenes estandarizados no funcionan, no tienen ningún valor porque son lo que llamamos entre algunos amigos “disparadores mediáticos”. Es decir, se los ve muy bien desde una perspectiva que es fácilmente masificada, pero cuando lo analizás detalladamente ves sus falencias. En criollo, son espejitos de colores. Son globitos amarillos.

Los datos que se recogen de estos procesos no son exactos, no muestran el estado de la población estudiantil. Son un gasto innecesario y una forma de opresión de las escuelas imponiendo estándares que son irracionales y no les permite a los/as maestro/as dedicarse a lo que en verdad tienen que hacer. Son profundamente costosos, no parte de la educación de vanguardia. Algo que en lo personal evito que mi hija sufra.

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“Lecturas desde los confines, Aira, Piglia, Perlongher y Girondo leídos desde la academia norteamericana”.

para Primeras Jornadas de “Arte, Cultura y Política: Poéticas del Conurbano”
2 de junio 2015, Universidad Nacional Arturo Jauretche
Mesa sobre literatura.

  • La traducción como una traición. Los límites de la traducción. El ejemplo de la palabra “compañeros” en la poesía de Gelman. La solución de Joan Lindgren.
  • Pero quizás podemos ir más allá de esa idea y plantearnos la imposibilidad de transmitir espacios comunes-locales. Aquello que es tan evidente que pasa desapercibido. Aquello que es parte del consenso. Desconfiar de esta idea.
  • Hay un cierto engaño en ese espacio cómodo de lo común, espacio del consenso. Esto se evidencia mucho cuando un texto literario se tiene que discutir desde las periferias del artefacto literario. Cuando hay que desmantelarlo para poder reconstruirlo. Tratar de discutirlo con interlocutores que no tienen la posibilidad de concertar con esa base semiótica.
  • En esos casos: ¿cómo analizar las diferentes construcciones estéticas? Es decir, más allá de la dificultad del idioma ¿qué hacer con imágenes y estéticas que nos son comunes, que no son parte del consenso al ser presentadas o discutidas con una audiencia que no comparte ese consenso?
  • Hay que desmantelar la imagen; y al hacerlo, aparecen rajaduras. Rajaduras que nos proponen un tercer espacio.
  • En esas rajaduras de esta aceptación social primaria tenemos la oportunidad de cuestionar ese status quo y así perturbarlo para recrear algo distinto.
  • Es interesante pensar esta rajadura desde otros campos como el género, la clase social, el idioma, etc. Lo intraducible localmente, la fragmentación ideológica y sus discursos. La fragmentación de la que habla Alain Touraine y su falta de actores.
  • Para traducir o trasladar esa imagen a la periferia es necesario encontrar espacios similares o en algunos casos disimilares pero con similares potenciales.
  • El ejemplo Tango-Blues.
  • otros ejemplos: Aira, Gelman, Piglia, Girondo.
  • Perlongher el cronista. El crítico/a literario/a como cronista.

Libros mencionados:

Aira, César. Cómo me hice monja. Ediciones Era, México DF, 2005.

Aira, César. Los fantasmas. Ediciones Era, México DF, 2002.

Donoso, José. El lugar sin límites. Seix Barral, Barcelona, 1979

Gelman, Juan, and Joan Lindgren. Unthinkable Tenderness. University of California Press, 1997.

Girondo, Oliverio. Obra completa. Editorial Universidad de Costa Rica, 1999.

Perlongher, Néstor. Prosa plebeya. Ediciones Colihue SRL, Buenos Aires, 1997.

Perlongher, Néstor. (Roberto Echavarren Ed.) Poemas Completos. Seix Barral, 1997.

Piglia, Ricardo. Cuentos morales. Planeta, Buenos Aires, 1997.

Piglia, Ricardo. La Ciudad Ausente. Seix Barral, Buenos Aires, 1995.

Piglia, Ricardo. Plata quemada. Planeta, Buenos Aires, 1997.

Piglia, Ricardo. Respiración artificial. Seix Barral, Buenos Aires, 2000.

Touraine, Alain. After the Crisis. Polity Press, Cambridge, 2014

 

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Historia de fin de año

Estuve buscando esta historia y no he tenido la suerte de encontrarla. La escuche de un Sensei hace mucho tiempo y la quería compartir como anécdota de fin de año. Principalmente para los que somos educadores, y sabemos de las frustraciones de nuestras propias limitaciones. La historia la voy a modificar mínimamente para que tenga sentido en nuestro contexto occidental pero la idea es la misma y el mensaje en su mayoría y esencia no va a estar modificado. Perdón que estoy un poco cansado lo que hace que haya muchas torpezas pero la quiero compartir ahora, la revisaré un poco más mañana.

Cuenta la historia que en una clase de caligrafía, que en el contexto que me la contaron sería en algún lugar de Asia, el maestro en la primera de las clases escribió en el pizarrón un carácter que en ese caso era el más básico. Como si les pidiera a los estudiantes que escriban la letra A. Todos los estudiantes reprodujeron el mismo carácter en el primer renglón de su cuaderno muy prolijamente. El maestro en silencio pasó a ver los caracteres de cada uno de los estudiantes aprobando o dando sugerencias según sea el caso. Luego de pasar revisión de cada uno de los estudiantes les pidió que completaran el primer renglón del cuaderno con el mismo carácter. Y así Continuó el día de clase, los estudiantes escribiendo el mismo carácter en todos los renglones de la primera página con el maestro caminando entre los estudiantes dando sugerencias o admirando los trabajos según sea el caso.
Al próximo día todos los estudiantes sentados en los mismos pupitres vieron como el maestro volvía al mismo ritual de escribir un carácter, en este caso diferente y un poco más avanzado, y volvía a pedirles que llenaran la segunda página. Como si en el segundo día les pidiera que escribieran la letra B. La clase como en el primer día tenía a todos los estudiantes trabajando en silencio y el maestro, en profunda paz y armonía, pasaba pupitre por pupitre viendo como los estudiantes escribían el segundo carácter. Mientras caminaba entre los estudiantes el maestro notó que una de las estudiantes, la más joven y chiquita, en lugar de estar escribiendo el segundo carácter continuaba escribiendo el primer carácter del día anterior en la segunda página del cuaderno. Con mucha tranquilidad y posando su mano sobre la cabecita de la nena le preguntó por qué aún continuaba escribiendo el primer carácter y no el segundo. La niña con mucha timidez le respondió que creía que aún no había aprendido suficientemente bien como escribir el primer carácter y prefería continuar practicando ese primer ejercicio. El maestro con una sonrisa muy sensible le respondió que admiraba su perfeccionismo y que si quería seguir practicando el primer carácter podía hacerlo.
Al tercer día el rito fue el mismo. El maestro mostro el tercer carácter dibujándolo en la pizarra, y los estudiantes en este caso ya sin necesidad de recibir direcciones comenzaron a llenar la tercera hoja con el carácter ejemplificado en el pizarrón. Cuando pasaba caminando como lo hacía todos los días entre los estudiantes, que en silencio trabajaban en sus cuadernos, el maestro vio asombrado como la niña chiquita continuaba completando la página de su cuaderno con el mismo primer carácter. No solo eso, notó que varias de las páginas ya habían sido completadas en su casa con el mismo ejercicio. El maestro preocupado le preguntó por qué continuaba insistiendo con el primer carácter si en su opinión era ya de muy alta calidad. La nena con más acentuada timidez le pidió perdón al maestro por no seguir sus instrucciones, pero consideraba que aún su primer carácter no había llegado a su mayor potencial. El maestro consternado y hasta un poco frustrado le permitió a la nena seguir practicando el primer carácter pero le recomendó no continuar haciendo lo mismo todo los días sino practicar nuevos caracteres.
Los días fueron pasando y el maestro día tras día continuaba con su ritual de poner un nuevo carácter a la espera que sus estudiantes practicaran este nuevo ejemplo. Todos los estudiantes siguieron al pie de la letra el ritual excepto la nenita que continuaba incesantemente practicando el primer carácter. El maestro decidió ya no reprocharle la insistencia a la nena y trató de proponerse múltiples explicaciones del porqué de la actitud de su estudiante. Pensó que sería un problema de aprendizaje, un caso de perfeccionismo patológico, algún tipo de deficiencia. Pero con profunda pena y desentendimiento se resignaba a ver a su estudiante repetir y repetir el primer carácter. Se dio de alguna forma por vencido y decidió ignorar a la nena desde aquel día.
Al final de ese período escolar, el último día de clase, el maestro llegó muy orgulloso de sus estudiantes y de todo lo que ellos habían aprendido. Les dio una pequeña charla de la importancia de los caracteres en su cultura y de lo feliz que estaba por lo respetuosos y esmerados que fueron durante el año. Para terminar esa etapa y para que puedan demostrar a sus compañeros todo lo que habían aprendido, les pidió que pasaran al pizarrón algunos voluntarios y que compartieran con sus compañeros un carácter, solamente uno, de todos los que habían practicado. El que quisieran, sin importar lo fácil o difícil de éste, pero del que ellos se sintieran orgullosos de dominar. Algunos pasaron y escribieron caracteres muy difíciles, otros no tanto pero con un arte muy refinado que generó el aplauso de sus compañeros. Luego de que el grupo de los estudiantes más extrovertidos diera su demostración, el maestro pidió que no tuvieran vergüenza los más tímidos y que todos tenían que sentirse orgullosos y orgullosas de lo que habían aprendido. Fue entonces que la niñita más chiquita levantó su mano y pidió pasar a dibujar el primer carácter. El maestro con mucha compasión y hasta con un poco de pena agradeció a la nenita su pedido y la invitó a pasar a dibujar su carácter. Ella con mucha timidez fue hasta el pizarrón y con calma comenzó a trazarlo. Y cuando terminó de dar la última línea, el pizarrón se partió en dos.

Tulio Halperín Donghi

Yo lo conocí a Tulio Halperín Donghi en el año 96 cuando llegué a estudiar a Berkeley. Todo el mundo me hablaba del gran historiador y voy a tener que ser honesto al decir que de él yo sabía muy poco o casi nada. No pasó demasiado tiempo hasta que noté su presencia. Era una persona muy querida y respetada en Berkeley y nosotros que estábamos en el Departamento de Español y Portugués  teníamos la enorme suerte de estar prácticamente contiguos a su oficina en el Departamento de Historia, simplemente separados por unos pisos. Ellos estaban y están en el tercer piso de Dwinelle Hall, nosotros en el quinto. Por su generosidad, profesionalismo y erudición era prácticamente alabado por todo mi departamento. Era una persona muy activa no solamente en el campo académico sino en la vida de la comunidad de UC Berkeley.  Era común escaparse a la hora del almuerzo a escucharlo en charlas o pasar a visitarlo por sus horas de oficina que estaban siempre saturadas de estudiantes. Se tomaba el tiempo de venir a escuchar ponencias e interactuar con la vida activa de la universidad. La lista de estudiantes que le pedían ser lector de tesis doctorales era enorme y él aceptaba en igual medida.

Recuerdo tomar uno de sus seminarios sobre historia latinoamericana y que fue quizás uno de los últimos que dio. Nos reuníamos por la tarde a charlas semanales que duraban 3 horas con un efímero descanso de no más de 15 minutos. Don Tulio hablaba por tres horas sin parar y uno tenía la impresión de no haber estado más de media hora con él. No paraba de hablar ni en el descanso que teníamos y en el que solíamos caminar hasta el Free Speech Movement Café, a no más de 50 metros del edificio donde daba el seminario. Tulio te contaba la historia como un cronista, con una profundidad y una claridad que daba la impresión de que él había estado en el suceso. Hablaba con una firmeza que carecía de compromiso ideológico y que imponía humildad. No decía lo que uno querías escuchar, sino que mostraba, y quizás con una inofensiva cizaña, el lado desmitificador de los hechos para de ahí construir una perspectiva que planteaba una realidad inesperada y hasta liberadora. Los que lo conocen saben que de quererlo escuchar afilado al máximo había que traer el tema del peronismo. Y parecía no molestarle que alguno de los presentes teníamos evidente simpatía por este movimiento. Nombrar a Sarmiento era poner el siglo XIX de cabeza y no había padre de la patria que quedara en pie a la hora de sus charlas panorámicas. Combinaba anécdotas del exilio con el siglo XIX como si fueran parte de un mismo barrio y tiempo. Y siempre las mejores interacciones con él eran en grupos pequeños. Los interlocutores se limitaban prácticamente a producir preguntas, no importaba el nivel académico. Tulio podía hablar de cualquier cosa y con una precisión envidiable, por el tiempo que sea y esté con quien esté. Charlas interminables y valiosísimas que podían ocurrir en lugares inesperados como una ponencia, en su oficina, en un café o en largas caminatas al o desde el YMCA, lugar donde solía encontrarlo nadando.

Tenía una forma de mostrar Latinoamérica que impedía el nacionalismo. Recuerdo una charla en la que hablaba de los orígenes de Santiago, la capital de Chile, y la describía en términos de un enclave indirectamente al servicio de familias terratenientes mendocinas que necesitaban una universidad para sus hijos. Interesantemente él no hablaba de Argentina porque no la consideraba ni siquiera parte de su análisis. Entendía el fenómeno histórico y de alguna forma él y su lógica se volvían parte de esa narración. Y explicaba todo con una naturalidad que parecía carente de esfuerzo. Esto se puede ver en sus libros, muy leíbles, simples pero de una profundidad enorme. Era admirable. Escribía cosas como “Manuel emitía sus opiniones con el aplomo de quien sabe que tiene autoridad para ello” hablando de Belgrano. No dejaba espacio para la duda y hablaba de historia con aire de juerga. Entre estos comentarios, luego, uno llegaba a entender ideas que él había planteado pero que en su momento habían pasado desapercibidas. No se limitaba a temas históricos ya que le interesaba desde la realidad de la universidad hasta en los últimos años temas como la tecnología de la educación; tema que me interesa particularmente. Recuerdo su queja a las nuevas generaciones de académicos que podían llegar a ver como un fracaso terminal el no conseguir una posición permanente de “tenure” en una universidad de investigación y proponía que muchos de los grandes historiadores de su época enseñaban en secundarios. En las charlas Tulio era todoterreno. En una ocasión, luego de una presentación, alguien menciono una idea basada en la construcción de la nación desde la visualización de las burguesías locales. Luego de la charla recuerdo un comentario que me hizo argumentando que no había burguesías en la región de la que esta persona había hecho un comentario, sino un grupo de colonos engreídos que intentaban reproducir modales de una clase social europea a la que ellos no pertenecían.

La última vez que lo vi fue en su casa unos días antes de su último cumpleaños para arreglarle su computadora. Le terminamos comprando una nueva con su esposa Dora porque la computadora era muy vieja. Tenía ahí sus documentos de sus últimos escritos en esa máquina vieja con una precariedad que aterraba. Estaba cansado pero lucido, impecable y formal como siempre con su saquito como cuando iba caminando por el campus con su portafolio de chico de colegio. Se distraía de vez en cuando pero quería hablar de la política y de las universidades argentinas. La computadora le llegó el 17 de octubre y le dio (y nos dio a todos) gracia la coincidencia. Creo nunca llegó a usarla. Me regaló su libro de Belgrano y se olvidó de firmarlo; ni le pedí el autógrafo. Muy generoso hasta en sus últimos momentos. Se lo va a extrañar ya que se nos fue un indispensable.

 

 

Tecnología, neoliberalización de la educación y el software de código abierto.

Hoy en día, la encrucijada de cómo enfrentar el desafío de nuevos paradigmas tecnológicos en muchos casos más tiene que ver con lo ideológico que con el tema de la infraestructura y recursos. Pensemos en los campos del software, la tecnología de la educación, las plataformas en el área del aprendizaje. Hay alternativas a cualquier necesidad en el campo corporativo y en el campo de código abierto. La pregunta es si hemos trascendido esa ilusión neoliberal y mediática que nos permita enfrentar esta encrucijada desde una visión objetiva y sin perjuicios. El software libre plantea un horizonte de enormes posibilidades que afortunadamente se está afianzando en el Cono Sur y que nos pide más apoyo, investigación y análisis. La idea de que el mercado, desde sus fórmulas basadas en la oferta y la demanda, es la única alternativa, está siendo sólidamente cuestionada desde la opción que aquí en el norte planteamos desde el paradigma de lo open, lo abierto. Lo abierto no solamente en el espacio del software libre, sino como una propuesta ideológica que trasciende su espacio originario. Es decir, lo abierto como una propuesta filosófica que trasciende la aplicación y que se plantea en lo social en campos como la educación, la investigación, la democratización del proyecto social, etc. Este mecanismo me atrevería a decir, es el más sólido artefacto alternativo al proyecto neoliberal que hemos visto en los últimos años.

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Juan Gelman

LJuan_Gelman_-presidenciagovar-_31JUL07 (1)o conocí a Gelman en 1997 en Berkeley para la presentación de la traducción al inglés de sus poemas, en el libro Unthinkable Tenderness que Joan Lindgren tradujo de una forma heroica. De forma tan exacta que no tradujo la palabra “compañeros” sino que la incrusto en el  inglés desde ese libro. Porque era traducir lo intraducible. La primera vez, de las veces que hablé con él, me pasó como a los perritos y tuve que ir a orinar. Para nosotros que rondábamos los 30’s en aquellos tiempos, ver a Gelman era ver a un padre. Gelman trascendía la poesía y al poeta, era una brújula en esa búsqueda inevitable de sus pedacitos de los 70s. Le mandábamos cartas a México que nunca respondía, le mandaba cintas de las grabaciones de sus lecturas, libros de poemas. Lo admirábamos incondicionalmente. Francine Masiello, mi maestra y amiga de toda la vida, tuvo la osadía de mostrarle un poema mío, muy mal escrito, en la que escribo sobre la pérdida de un hijo, el de él, y de lo inevitable de la muerte. Me dio las gracias, yo creo, como se le da a un chico que quiere compartirte el caramelo que tiene en la boca. Gelman parecía ser así, de una humildad profunda y un silencio abismal. Luego le dije en una conversación que él había perdido a su hijo, pero nos tenía a todo nosotros como adoptivos (me quebré al decirlo). Me sentía un boludo al decirlo pero ahora me alegro de haberlo hecho. Para nosotros que lo leíamos tanto, verlo a él, nos ponía en carne viva.

Sé que esto tendría que ser más sobre él, pero en realidad, es un intento catártico de hacer saber cómo era estar al lado de semejante hombre. Parecía que acarreaba en silencio esa lucha contra la inevitabilidad de la derrota y de la muerte. Nos hablaba de una historia que nosotros habíamos perdido, pero lo hacía desde la poesía. Era mucho. Ver a Gelman al lado y hablarle era igualito que lo que se siente al leerlo. Era él una continuidad de esa poesía conversacional. Perecía que la muerte y Buenos Aires venían de alguna forma con él y uno se sentía más vivo que nunca. Las otras veces que lo vi entre cafés y otras charlas, era para tratar de estar callado y esperar que diga algo. Recuerdo que fuimos en grupo a tomar café con él y dos profesores lo invitaron, entre el ruido de las múltiples charlas, a que venga a Berkeley a dar clase por un semestre. Yo los tenía a los 3 al lado. Respondió humildemente que él no estaba para dar clases en la universidad. Luego vino a leer sus poemas que organizamos con los estudiantes del club de argentinos en Berkeley en La Peña, que es un centro latino fundado por hermanos chilenos que habían escapado a la dictadura. No podía dar una lectura en otra parte que no sea en la Peña. El salón enorme repleto y Gelman no aparecía por ninguna parte. Estaba en el bar de la esquina tomándose unos vinos con amigos. Lo fuimos a buscar ahí por intuición con los compañeros y vino, así como el que sale a la calle a ayudar a alguien a cambiar un neumático, y se leyó una pila de poemas sin respirar a contrapunto de la traductora. No se escuchaba ni el sonido de la respiración en la sala. Estaba leyendo un poema y se le cayó el libro, y quedó mejor que si no se le hubiera caído “/porque Dios es así/”. Dio unos días antes una similar lectura en la Doe Library, donde leen los grandes poetas en Berkeley. Leyó a salón colmado y nos daba la impresión de que se sentía incómodo. Recuerdo que a la hora de las preguntas levanté la mano y le pregunté cómo le había influenciado la poesía de vanguardia; una pregunta salame, de chico. Es que en realidad yo no le quería preguntar nada, quería decirle algo porque lo admiraba tanto. Si tuviera la oportunidad de preguntarle algo de nuevo no le preguntaría nada, me quedaría ahí al lado de él en silencio.

Decían siempre que tenía los ojos tristes, es que se había agarrado con la muerte en forma de recuerdos. Y en ese agarre le salían pajaritos piando como en sus poemas. Seguía como los otros “trepado al palo mayor” de la poesía y de su alma, que parecía ser lo mismo. Entrelazado iba en esa encrucijada de la derrota; la amasaba y le daba vida. Nos mostraba el camino. Y quizás por eso al final la derrotó, porque está acá entre todos nosotros. El mejor poeta de toda mi generación se terminó haciendo poesía, marcó toda una época. Venía con todo eso cargado que ahora se lo llevó. La única persona que conocí y sentí miedo y admiración al verlo. Está ahora “En el gran cielo de la poesía, / mejor dicho / en la tierra o mundo de la poesía” con Roque, Vallejo y Francisco de Quevedo y Villegas. Los “pedacitos” lo vinieron a buscar y se hizo la Patria.

Crónicas para entender nuestra historia heredada

Mi artículo en la revista Ñ sobre el libro La Tablada: A vencer o morir. La última batalla de la guerrilla argentina. Muy recomendable el libro de Felipe Celesia y Pablo Waisberg 

Cuando uno entra en el espacio de la crónica, hay un tema que siempre surge latente de una forma implícita pero no obvia, que es el de la ausencia. Ausencia que quizás es más precisamente una pérdida. Esta ausencia sería un espacio que reclama a un ocupante perdido que intuimos y nos llama a reencontrar. Este ocupante pertinente, que pueden ser una persona, un conocimiento histórico, una realidad olvidada, en charla de amigos, lo/la llamamos Abisinia. Abisinia por Rimbaud, que Jorge Monteleone ya ha trabajado en su momento. Rimbaud, como el poeta en angustia que sale a buscar ese lugar primario, ese espacio o territorio perdido y se avienta en su búsqueda imaginaria a encontrar un Imperio etíope que ya no existe. El tema es que en estos emprendimientos, nunca se llega a destino. El tema tiene más que ver con el proceso de reparar esa ausencia que con el destino.
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Aaron Swartz

“Yace aquí el hidalgo fuerte
que a tanto estremo llegó
de valiente, que se advierte
que la muerte no triunfó
de su vida con su muerte”

CAPITULO LXXIV
De cómo don Quijote cayó malo, y del testamento que hizo, y su muerte

Aaron_Swartz
Aaron Swartz at a Creative Commons event.
(picture by Fred Benenson)

November 8, 1986, Chicago, Illinois, U.S. –  January 11, 2013 (aged 26) Crown Heights, Brooklyn, New York, U.S.

(English) http://en.wikipedia.org/wiki/Aaron_Swartz
(Español) http://es.wikipedia.org/wiki/Aaron_Swartz

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