Hoy en día, la encrucijada de cómo enfrentar el desafío de nuevos paradigmas tecnológicos en muchos casos más tiene que ver con lo ideológico que con el tema de la infraestructura y recursos. Pensemos en los campos del software, la tecnología de la educación, las plataformas en el área del aprendizaje. Hay alternativas a cualquier necesidad en el campo corporativo y en el campo de código abierto. La pregunta es si hemos trascendido esa ilusión neoliberal y mediática que nos permita enfrentar esta encrucijada desde una visión objetiva y sin perjuicios. El software libre plantea un horizonte de enormes posibilidades que afortunadamente se está afianzando en el Cono Sur y que nos pide más apoyo, investigación y análisis. La idea de que el mercado, desde sus fórmulas basadas en la oferta y la demanda, es la única alternativa, está siendo sólidamente cuestionada desde la opción que aquí en el norte planteamos desde el paradigma de lo open, lo abierto. Lo abierto no solamente en el espacio del software libre, sino como una propuesta ideológica que trasciende su espacio originario. Es decir, lo abierto como una propuesta filosófica que trasciende la aplicación y que se plantea en lo social en campos como la educación, la investigación, la democratización del proyecto social, etc. Este mecanismo me atrevería a decir, es el más sólido artefacto alternativo al proyecto neoliberal que hemos visto en los últimos años.

El enfoque y crítica que le hago a lo neoliberal no parte desde una tribuna combativa al capitalismo, sino desde una discusión actual y académica en el seno del mundo universitario norteamericano. Esto es importante marcarlo porque en los últimos diez años se está viendo un insistente cuestionamiento desde la cuna de la academia norteamericana y europea a la falacia de que el mercado se autocorrige solo y beneficia con sus dinámicas a todos los espacios de la sociedad. Muchísimos ejemplos hay que contradicen esta premisa, como la situación económica en Europa, las cuestionadas medidas privatizadoras de la educación chilena, el debacle de los préstamos hipotecarios en los EEUU y la crisis argentina de hace algunos años, entre tantos otros, funcionan como argumento. Pero sobre todo, comienza a sobresalir el ejemplo de la difícil situación de la educación en los EEUU incluyendo el caso de los préstamos universitarios y los costos descontrolados de las altas casas de estudios.

David Francis Mihalyfy, un estudiante doctoral de la Universidad de Chicago lo llama en su artículo del fin de semana en Jacobin “the fantasies of the Chicago Boys” (la fantasía de los chicos de Chicago) https://www.jacobinmag.com/2014/06/higher-eds-for-profit-future/ (Su artículo se extiende en ejemplos de cómo esta idea no funciona en el campo de la educación universitaria). Sí, esta frase viene desde la cuna geográfica del neoliberalismo y no desde una latitud periférica al imperio. Ni siquiera viene desde una cátedra progresista en Berkeley, sino desde la universidad de Milton Friedman. Es decir, se está planteando un nuevo horizonte en el mundo y la pregunta es si nosotros en la Argentina estamos creando los espacios de discusión social y académicos para sustentar este nuevo paradigma. Hay esfuerzos en la región que son alentadores www.proyectolatin.org pero se podría hacer más con la ayuda del sector privado y estatal.

Hace unas semanas atrás me tocó organizar una mini conferencia en la que se discutió este dilema de la visión neoliberal en el campo de la educación  www.bccagora.org. El debate rondaba el tema de la neoliberalización de la educación en los Estados Unidos. Por ejemplo, uno de los temas que se proponían y discutían era el de que si bien las acciones o planes de trabajo y las metas de las instituciones no buscaban directamente adherir a un modelo privado en donde la productividad es un tema central, la ideología comúnmente propuesta por los rectorados (o como llamamos acá: la administración) parecieran adherir a esta ideología mercantilista. Un ejemplo claro de esto es el debate y experimentación con los llamados MOOCs (Massive Open Online Courses, por sus siglas en inglés) La crítica más clara planteaba que la idea de experimentar con estos artefactos educativo en los últimos años no se basa en la pregunta de si son o no eficientes a la hora de educar, sino cuanta productividad tienen. Es decir, la pregunta original no es como puede esto mejorar el proceso de aprendizaje sino a cuántos estudiantes se le puede ofrecer una clase con el mínimo uso de recursos, incluyendo dentro de estos al recurso humano, que es el profesor. Es decir, desde los parámetros del mercado.

Como ya he propuesto en otro momento la inflada sudo teoría hyper-MOOC, que proponía salvar a la educación en los comienzos del 2012 con masificación de clases, con el New York Times declarando el año del MOOC, marcó un punto de inflexión cuando el padre de Udacity tiró la toalla proponiendo en este artículo, la famosa frase “we have a lousy product” (en criollo: “tenemos un producto de cuarta”)

Pero la insistencia continúa porque hay mucho dinero invertido. Le agregaría a esto que en muchos casos este apoyo a los MOOCs desde sus puntos más abiertos, no vienen desde una propuesta objetiva sino desde una camaradería académica o económica a un clan bien definido que ha invertido mucho en estas ideas. Y el debate continúa pese al debacle de los MOOCs.

Es decir, la experimentación con MOOCs no es el problema sino el bagaje ideológico que se le impone al proyecto de investigación. Se busca encontrar una respuesta que se amolde a nuestra tesis en lugar de plantearnos cuales son las posibilidades.

Hay que volver a la idea de lo abierto. El mundo del software abierto, la educación abierta la filosófica de lo abierto. Así se creó el internet que generó beneficios enormes no solo a la economía mundial sino que creó la cultura y dinámica global moderna. Creo que la academia argentina tiene que proponerse este desafío y de ser necesario, el Estado debería subvencionar esta investigación. Exactamente como se plantearon los grandes proyectos norteamericanos y europeos de la historia, como el internet, el Lawrence Berkeley National Laboratory, el proyecto especial. Si queremos imitar al norte, quizás podríamos empezar por ahí.