Yo cursaba el cuarto grado en la escuela Manuel Belgrano de Tapiales, en el partido de La Matanza. La rabiosa zona oeste de Buenos Aires, bastión incuestionable de la clase trabajadora y peronista.  En plena clase, recuerdo a mi padre aparecer parado en la puerta del aula, con su mameluco de carpintero marrón, imponente con su bigote moderadamente escandaloso. Parado estaba mi padre en esa puerta pidiendo desde el silencio a la maestra que me dejara ir con él. Mi padre ahí, imponiendo como un tótem / qué carajo hace ahí parado/ hasta que la maestra interrumpe el monologo mudo con un “Banga, junte sus cosas que lo vienen a buscar.” Jamás mi padre venía a buscarme, y menos en bicicleta en el medio del día. Una cosa ridícula. Nosotros ni teníamos una bicicleta y la verdad que me sorprendió que supiera donde quedaba mi escuela. Ése era el trabajo de mi madre. Recuerdo volver por la calle, sentado en el asiento de atrás de la bicicleta, escuchando a mi viejo decir mientras pedaleaba que era inminente la caída del gobierno de Isabelita y que por precaución tenía que volver a casa; como si para mis 9 años tal enunciado significara algo. Videla apreció al otro día en las pantallas de aquella tele valvular, para mostrarme que ese era el tal por el cual gozaba de esa ausencia temporal, a la escuela que tantos olvidos hoy me pide. Esa precaución de mi padre fue una de las primeras de tantas precauciones subsiguientes, que nos fueron haciendo así, menos libres, con miedos, pero más duros. La militancia peronista en la casa de mis padres no paró nunca. Pasábamos mucho tiempo en la casa de una tía abuela, por miedo a que vengan a buscar a mis viejos y por esa mala suerte nos encontraran a mí y a mi hermana. Yo la verdad que miedo no tenía porque pensaba que cómo podía tenerle miedo a ese flaco bigotudo y arrugado, teniendo de mi lado a guerreros como mis padres. Fue toda esa una época en estado catártico, comiendo papas y huevos fritos hasta el hartazgo. Porque mis padres perdieron el trabajo que mi madre tenía en la municipalidad. La echaron por peronista. Es decir, vinieron las penurias y la militancia clandestina. El escuchar por la noche Radio Colonia, el no decir “la concha de tu madre” a algún amiguito con padres secuestrados, las paradas de colectivos en puentes, el salir con el documento, córtate el pelo nene que te van a parar, milico garca cabeza de poronga, miedo, miedo eterno que te negué pero nunca te fuistes.

Por otro lado, para mí Videla es solamente eso, un flaco bigotudo al cual opté negarle la posibilidad del miedo y reprocharle mi empacho a las papas y huevos fritos.