Por Fabián Banga

Los primeros días de este año nos recibieron con imágenes en vivo y en directo de lejanas latitudes; Martes, planeta rojo que resultó ser no tan rojo. Más bien amarillento, pardo y cargado de piedras. Uno podría decir que las fotos producen una mezcla de curiosidad y desilusión. ¿Desde tan lejos llegaban esas fotos? Increíble. Era como estar ahí casi tocando ese mundo desconocido y nuevo que resultó ser no tan distinto. Hasta la sonda espacial enviada por los europeos reconoció regiones en los polos que tienen hielo. Hielo. Como el de la heladera que está aquí tan cerca, tan comúnmente accesible. Hielo y por lo tanto agua, elemento que plantea la posibilidad de vida en la vecina esfera. Pero de todas formas, material conocido, predecible. Nada nuevo. ¿No había lugareños recibiendo la cámara, curiosos y desconfiados frente a la súbita presencia? No, eso era en Irak el año pasado, que para ser honestos, para muchos aquí es región tan desconocida como Marte. Vida en Marte. Vida y quizás esa vida es microbio. Un microbio extraterreno, de otra parte, foráneo. No como el elemento inteligente y peligroso que encuentran los personajes de la película “Especies II”. Un simple microbio. No por esto menos fascinante. El descubrimiento de un elemento tan limitado como nosotros, puede llegar a ser tan deprimente como imaginar que estamos solos en semejante universo.

Me intuye que el 2004 es el comienzo de un siglo cargado de búsquedas, de descubrimientos que terminarán de cambiar la realidad que nos rodea de una forma inimaginable. Hace tan solo unos años nadie se acordaba ni de la Luna. De repente no sólo hacemos pie virtual en Marte, sino que Saturno llega en un futuro cercano. Y después quién sabe. Pero muchas otras cosas están pasando que lamentablemente, por las enormes necesidades primarias de miles y miles de habitante en este mundo, están pasando desapercibidas. Por ejemplo, la nueva traducción completa al ingles por Daniel Matt del Zohar. El libro de la Cabala, o más precisamente, “El Libro del Resplandor”. El Zohar es una obra enorme escrita en arameo en la medieval España. Se cree que la escribió Rabbi Moses de León en el siglo XIII. No se sabe bien si él escribió todo el trabajo, parte del trabajo o lo copió de un antiguo manuscritos. Lo que sí no queda duda es que representa uno de los tesoros más importantes de la espiritualidad occidental. Sólo se han traducido pequeñas partes de este antiguo texto. Pero ahora, el profesor Matt con la ayuda de muchos colaboradores de todo el mundo se ha embarcado en una empresa de 10 años para traducir los antiguos manuscritos completos y producir una obra que tenga no solamente la traducción sino una gran cantidad de notas a pie de página que ayudan al lector a entender tan complejo libro. Ya de todo el trabajo hay disponibles dos tomos de 500 páginas cada uno. Faltan por lo menos 8 más. Con diferentes características, el proyecto es similar a viajar al espacio para buscar conocimientos nuevos, nuevos horizontes que nos ayuden a entender quiénes somos y de dónde venimos. El viaje no es en el espacio, sino en el tiempo, hacia el pasado. Pero entre los dos proyectos hay una interesante diferencia en la dinámica de trabajo. En el caso del trabajo de Matt hay traductores y estudiosos de todo el mundo trabajando juntos. En el proyecto Marte, hay dos grupos bien diferenciados que a modo de tiempos de la guerra fría, trabajan por separado. A Marte lo están visitando dos proyectos distintos: el Marts Express, y el Spirit; el primero europeo, el segundo norteamericano.

Pero hay un triste, conocido y viejo dilema que continúa presente en estos tiempos de descubrimientos y nuevos horizontes: ¿quiénes cuentan con los recursos o el conocimiento para acceder a éstos capitales? Sin entrar en complejos detalles, la nueva traducción del Zohar de Matt, editada por Stanford, cuesta 35 dólares por tomo y está escrita en ingles. ¿Cuántos de nuestros académicos en la Argentina cuentan con primero la posibilidad de leer, conseguir o enterarse de la existencia de estos libros y luego pagar entre 30 y 100 dólares por semana, en la adquisición de estos materiales, para estar al tanto de los últimos adelantos en su campo? ¿Cómo un biólogo, un astrónomo argentino va a competir con infraestructuras como la americana que invierte miles de millones de dólares en proyectos científicos como el Spirit, (investigación pagada por el estado) sabiendo que un profesor en la UBA escasamente llega a ganar 800 pesos? Un profesor titular en las Estados Unidos gana entre 50 y 90 mil dólares al año y tiene a su alcance tecnología e información, que en la mayoría de los casos es imposible de encontrar en nuestras casas de estudios en la Argentina. Los norteamericanos como los europeos han llegado a entender que una sociedad tiene que invertir agresivamente en la investigación y en la educación. Esta inversión llega activamente desde el espacio privado y el espacio gubernamental. Y da sus frutos. El internet, una de las tecnologías más poderosas y rentables de estos tiempos, fue desarrollada (entre otras partes) en universidades públicas como la Universidad de California. Estos son los ejemplos que nuestros gobernantes tendrían que copiar. De lo contrario estamos condenados como región a ser eternos espectadores y productores de profesionales emigrantes.