por Fabián Banga, Berkeley, CA
(25 de diciembre de 2002)

En la televisión local, se propone nuevamente la fija presentación anual de A Christmas Carol de Charles Dickens, anunciando la llegada de la Navidad. Las posibilidades de ver la obra satisfacen todos los gustos; desde el teatro, pasando por las viejas películas en blanco y negro, hasta el clásico Mister Magoo’s Christmas Carol en dibujos animados. Lo interesante de la obra es que trabaja ciertos puntos exclusivos de la cultura de estas latitudes. Estos puntos a modo de detonante del inconsciente colectivo nórdico vuelven constantemente al tema de la pobreza, y de la acción caritativa. Esta actitud de cambio, en estos lares funciona como intermediaria entre los opuestos de las opulentas riquezas y las carencias nuestras de cada día; una especie de volver a la realidad del frío de la temporada, un mirar hacia afuera y buscar un cambio frente al nuevo año cristiano que se acerca. En la obra de Dickens el mezquino Ebenezer Scrooge recibe la visita de tres diferentes espíritus, los cuales van mostrando al malvado comerciante su pasado y su futuro, buscando un cambio en el presente. Más allá del final azucarado propio de estos tiempos del año, Dickens busca trabajar dos temas que en mi opinión son fundamentales en la obra. Primero, intenta explicar la maldad y la mezquindad de Scrooge, encontrando los orígenes en la infancia de este comerciante quien había sufrido soledad y miserias por el hecho de haber sido huérfano. Segundo, propone Dickens que frente al capitalismo salvaje existe otro capitalismo basado en una confianza en el sistema mercantil, que genera comerciantes decentes que tratan de ver al mercado no sólo como un aglomerado de números y ganancias, sino como un camino a la prosperidad sociocultural local. Estos comerciantes “pro-prosperidad” aparecen en la imagen del generoso Mr. Fezziwig, el primer Jefe de Ebenezer, a quien éste termina superando económicamente pero no moralmente. Dickens apuesta, y quizás de una forma inocente, a la creencia en lo humano, a la confianza en la gente y la comunidad. Busca explicar el envilecimiento de ciertos integrantes de la sociedad por las carencias que estos sufrieron. Propone que el abandonar al individuo es de última un mal negocio; y en contraposición a una teoría Darwiniana de la economía plantea una humanización del mercado. Aunque parezca un tema abstruso, el capitalismo para muchos parte de esta confianza humanizada y de un bien común a priori. De última las ideas de Dickens no estaban tan en las nubes.

Estos elementos presentes en la obra de Dickens, y tan populares en estas culturas anglosajonas, proponen no solamente elementos arquetípicos (en el sentido que usara Jung) propios de una cultura absolutamente foránea para nosotros, sino que plantea una preocupación relacionada directamente con la estructura económico liberal. Plantea primero que un sistema capitalista para que funcione tiene que estar basado en una confianza tribal que se basa en el concepto inmediato de la prosperidad colectiva. No extraña por esto que una sociedad como la norteamericana basada en el principio de la ganancia económica esté al mismo tiempo saturada de conceptos morales religiosos como una forma de compensación frente al desequilibrio. Esto mueve la mirada a que, si bien sociedades como ésta implementan la noción de libre mercado y el dejar al individuo jugar a ganar todo lo que pueda, implementa al mismo tiempo un aparato contenedor de enormes magnitudes que busque salvar a la sociedad de los predecibles desequilibrios que un mercado absolutamente libre generará. Y pese a este aparato moral enorme, igual existen resquebrajamientos de los sistemas que requieren una constante reestructuración de sus principios. Resumiendo la compleja formula social a una minúscula metáfora imprecisa: de querer construir una caldera capitalista que funcione como una locomotora del sistema, habrá que construir contenedores legales que garanticen una justicia dura que ataque problemas morales desde todos los campos posibles. Y a pesar del esfuerzo se asume que de todas formas habrá problemas. Nosotros en nuestras latitudes del sur compramos esta caldera enorme sin el manual preventivo. Este manual preventivo necesitaría años para ser implementado y requeriría una justicia protestantemente dura como la americana que evidentemente nosotros no tenemos y no sé si quisiéramos tener tal cual se aplica en estos lares. Para complicar aún más la cosa, nosotros compramos una caldera que poco tiene que ver con el sistema capitalista que Dickens está proponiendo. Nosotros compramos una caldera atómica neoliberal que chisporroteó a más no poder el territorio mientras sus operarios festejaban los fuegos artificiales con pizza y champán.