Por Fabián Banga

La dificultad del salirse de un parámetro ideológico, ser libre de pre-conceptos y fidelidades, es tema que las vanguardia con sus “ismos” trabajó a principios del siglo XX. La pregunta fue ?y es? ¿cómo salirse por completo de la influencia de la tradición para así concretar algo nuevo? ¿se logra concretar esta ruptura, por ejemplos en el Altazor de Huidobro?:

Tempovío
Infilero e infinauta zurrosía
Jaurinario ururayú
Montañendo oraranía
Arorasía ululacente
Semperiva
ivarisa tarirá
Lalalí
Io ia
i i i o
Ai a i ai a i i i i o ia

Altazor (VII, 54-66)

“¿grito primario o anuncio de algo nuevo?” se preguntará en su momento René de Costa (*). Si bien el debate y la respuesta a esta pregunta puede generar muchos horizontes, sobresale por sobre las cuestiones una afirmación: hay presente en este proyecto vanguardista un intento de ruptura con el pasado. Que de ahí se genere un “algo” distinto o por lo contrario se fracase en el nacimiento de este producto estético “nuevo”, es tema que podría debatirse extensamente. Pero el intento de ruptura y su autenticidad como fin es innegable. En relación a esta idea de ruptura, podemos notar que hay algo relacionado con la inmediatez en todo este proceso e inquietud vanguardista. Hay rondando algo de lo concreto y del ahora. Un ejemplo de esta inmediatez presente en la vanguardia se puede ver muy claramente en los ready-mades. Esos prefabricados que funcionaban a modo de exposición artísticas podían transformar por ejemplo a un inodoro en el medio de una habitación vacía en un espacio estético, en un mensaje, en un happening. Este tipo de producción, enfocado desde el valor artístico que puede proponerse en un marco temporal controlado, sería quizás para la vanguardia un logro que si bien no concreta un desprendimiento total de capitales estéticos pasados, propone una herramienta nueva para el artista. Si bien el desprendimiento total de capitales pasados, ya sean estéticos o culturales, es una imposibilidad, (ya que por más que se escriba algo como: “Ai a i ai a i i i i o ia” más allá de la innovación la letra es necesaria no más sea para transmitir sonido), hay que darle crédito a esta propuesta porque crea un precedente no solamente en el campo artístico sino también en el campo político, el otro campo que también le preocupo a algunas vanguardias. La propuesta es la de hacer, y en el hacer mismo justificarnos.

De la misma forma hoy en día el que “se vayan todos” plantea una imposibilidad y un interrogante de características similares al de la vanguardia. Por un lado el que se vayan todos nos plantea dos problemas: primero ya se han ido todos, segundo el proyecto plantea una vacuidad de poder. El enunciado por lo tanto tiene que ser repensado desde el parámetro y justificación de la imposibilidad, ya no como un enunciado en búsqueda de una finalidad, sino planteando la finalidad misma en el acto. Y esto es solamente una análisis de lo que ya ha ocurrido, no un presagio sino una lectura del presente. La ruptura con el pasado político argentino se produjo por más que las cortinas de humo intenten camuflar la realidad. El profundo “no” de la voz popular es un acto de ruptura, justificado y finalizado en el acto mismo.

Esta ruptura generara un cambio. Yo diría que este cambio quizás está relacionado también con la inmediatez. La corporalidad que genera la abstracción del hambre de nuestros conciudadanos, por ejemplo, tiene que movernos a un inmediato que si bien paraliza en un primer momento, genera luego nuevos espacios y nuevas formas que no son productoras de imaginarios, sino de actos. Así como el espacio literario de principio de siglo XX se caracterizó por la producción de manifiesto vanguardistas, ejemplo de inmediatez en la literatura, así el principio del siglo XXI nos encuentra en circunstancias similares, por ejemplo en el escrache. El escrache es un manifiesto espontaneo de la sociedad que se apropia de un poder que se considera vedado. Si los vanguardistas producían manifiestos para documentar el capital cultural que ellos proponían tener y que se oponía directamente con la realidad “oficial”, así el escrache se apropia del control en un espacio inmediato y plantea al político que su poder ha sido trastrocado. El escrache no propone algo nuevo, no es su finalidad. Su justificación está en la ruptura misma, en la inmediatez. El escrachar no es solamente un acto que subvierte, es un acto que documenta que subvierte.

La vanguardia fue un movimiento de ruptura, no de construcción. Esto hace de la vanguardia su punto más sobresaliente. Los jóvenes que hoy en día gritan y agitan frente a las reuniones internacionales del FMI u organizaciones globalizantes similares en Washington u otras capitales del mundo, no tiene la responsabilidad de construir algo nuevo, su responsabilidad más que lograda es la de agitar y mostrarnos un espacio de resistencia. Saltando las abismales diferencias ideológicas, cuando Marinetti decía “un automóvil rugiente que parece precipitarse contra la metralla, es más hermoso que la Victoria de Samotracia.” Estaba haciendo exactamente eso, renovando, cambiando y generando el espacio para que luego nazca algo nuevo.

(*) Huidobro, Vicente, Altazor – Temblor de cielo, edición de René de Costa, Ediciones Cátedra, (Madrid, 1981) p.39