Por Fabián Banga

Se ha hablado mucho la semana pasada sobre el tema de la censura. Quizás valdría entrar a debatir un poco más este tema y encararlo desde otra perspectiva, desde un punto de vista teórico y ver si podemos trabajar algunas ideas que nos permitan entender un poco mejor cuál es la realidad y el contexto de la censura. Nietzsche decía que el hombre encuentra en las cosas solamente lo que él mismo ha incorporado en ellas. ¿Qué es por ejemplo un martillo? Una herramienta que sirve para abrir un agujero en la pared, es también una herramienta para construir una ventana, es también una herramienta para clavar clavos en una tabla, que terminará cerrando el agujero en la pared.

Está en tal caso el debate rondando sobre la postura del individuo frente a la realidad que lo rodea. El martillo por si solo no sería nada, sería sí, un elemento en un contexto, un contexto que le atribuya un poder a tal elemento. Y del “poder” se trata el tema. Michel Foucault se refirió a este tópico, como buen contemporáneo del postestructuralismo, al referirse a la relación entre el discurso y el poder. Cuando personajes como Kennedy o Perón producían un discurso, era absurdo interpretarlo como un simple texto, el texto implicaba un trastoque de la realidad, la proyección en la historia, la tensión entre destino y poder. En este contexto es donde podemos encarar la relación entre poder y discurso.

Dentro de este concepto de la censura, Foucault incluirá la división entre locura y razón. Aquél que se ubica en el espacio del “coherente”, proyecta socialmente la herramienta de la censura para con el “loco”, el que amenaza esta coherencia subjetiva. La censura de esta locura vendrá también complementada por lo sobrenatural del discurso del loco y me animaría a afirmar, por el miedo que el discurso del loco produce. Es así que si el censurador produce miedo al censurado, reprimiendo y amenazándolo, lo que refleja es un intento de equilibrio con-en el miedo que él mismo carga.

El poder contra el equilibrio del estado, es un miedo íntimo, un miedo de pérdida del control de una realidad preestablecida. En el acto de la censura no hay en si una simple producción de miedo, hay un intento de alivio del miedo del censurador.

Pero lo más interesante de todo esto es que el mismo acto de censura, hace del discurso, el máximo discurso, el centro de la realidad misma. El mismo acto de censura valida al producto censurado, haciéndolo centro de la realidad social. Es como decir que la insistencia de la negación o represión de una cosa la hace a ésta más deseable. Entender en tal caso, y no simple reprimir sería la idea. Pero el intento de entender nos quita el control y el poder. El estar dispuesto a entender nos mueve a un espacio en el cual podemos encontrar algo que no nos guste; y será muy bueno esto para las ciencias o la filosofía, pero no para la política y las artes del gobernar.

El intento de control nos lleva nuevamente al terreno del miedo, el miedo a lo no previsible, al discurso del loco que propone una lógica desconocida. En el siglo XIX se ve mucho esto en la represión de los espacios de la mujer dentro del ámbito de la sociedad. La mujer, era el centro de creación de la patria al ser ella la que engendraba los hijos. Este acto de dar a luz un nuevo individuo en la sociedad representa un acto de gran poder, ya que es ella la que controla muchos factores directamente relacionados con este acto de traer un nuevo individuo. Una mujer libre que cuenta con la posibilidad de decidir su destino y por sobre todo, una mujer que controla su propia sexualidad, era vista como una amenaza que horrorizaba a los teóricos de la época. Una mujer que duerma con el “otro” generaba la posibilidad de corromper linajes y espacios sociales de poder. Dirá Malcolm X, el activista musulmán afroamericano, que el verdadero horror del hombre blanco, era ver en la cama a su mujer con un hombre negro. Malcolm X manejaba en su discurso miedos muy profundos, miedos que llevaron a su asesinato en febrero de 1965.

El control por el miedo no es algo nuevo, nos acompaña desde los orígenes de la civilización. Pero entenderlo en su contexto nos muestra realidades interesantes, como la imagen del represor reprimiéndose a si mismo, intentando generar un poder que alivie su propio pánico.